¿Pero por qué me pasa esto a mí?

En pocas (muy pocas, poquísimas) palabras, la ley natural de causa y efecto -más conocida como karma, “acción” en sánscrito- consiste en que, siempre que llevamos a cabo cualquier actividad con nuestra mente, con nuestras palabras y/o con nuestro cuerpo, estamos creando causas específicas. Estamos dejando caer semillas. Toda semilla dará fruto tarde o temprano, a la espera de que coincidan las condiciones necesarias. Y a su vez, todo cuanto nos ocurre, sea bueno, malo o incluso neutro, nos pasa porque en algún momento del pasado -sin importar que no lo supiéramos entonces ni que no nos acordemos ahora- dejamos caer distintas semillas y en cuanto se dan las circunstancias necesarias, el resultado aparece.

Dos de las características básicas de la ley de causa y efecto es que…

1) el resultado es siempre de la misma naturaleza que su causa. Es decir: Si tenemos un comportamiento movido por una motivación negativa, como por ejemplo hacer uso de cosas que no nos pertenecen, en el futuro experimentaremos problemas como que nos falten cosas, conseguir objetos materiales pero perderlos, pasarlo mal por no tener recursos, etc. Y… (sigue tras el vídeo)

2) si cometemos una acción negativa, ya sea de mente, de palabra o con el cuerpo, y no hacemos nada por poner remedio a ese error, el potencial kármico se multiplica automáticamente a lo largo del tiempo. Es lo que solemos llamar  efecto dominó, o efecto bola de nieve: Si metes la pata y te limitas a dejarlo estar, el problema será cada vez más grave y sus consecuencias más desagradables: No es lo mismo insultar a una persona y dejar pasar el tiempo como si nada, que insultar a esa persona pero disculparse y hacer lo posible por revertir el daño causado.

Por no hablar de que la mente se familiariza con aquellas acciones en las que se involucra: Si nunca se nos pasa por la cabeza inventarnos pequeñas excusas, será menos probable que digamos mentiras, y eso significa que será difícil que acabemos engañando o estafando a nadie. Por el contrario, si uno tiene pensamientos relacionados con matar, habrá más tendencia a que en algún momento pueda amenazar a alguien de muerte o defender su derecho a matar a un animal, y el peligro de que pueda acabar matando será real. Más aún: Si alguien ya ha matado alguna vez, le resultará cada vez más fácil matar más. Lo mismo ocurre con robar, mentir, abusar sexualmente o consumir drogas: Una vez se establece la pauta, la mente tiene tendencia a seguir la corriente de la costumbre. Cuantos más errores cometemos, no sólo más consecuencias negativas viviremos en el futuro… sino que además, más se habrá multiplicado el resultado potencial de cada uno de esos errores, exactamente igual a una semilla muy pequeña de la que surge un árbol enorme repleto de ramas, cargadas de frutas que guardan en su interior un número inmenso de semillas semejantes y que tarde o temprano, también germinarán, crecerán y madurarán.

Es por esto que es tan importante ser conscientes de nuestros actos, y antes que de nuestros actos, de nuestras palabras, y antes que de nuestras palabras, de nuestros pensamientos. Porque de los pensamientos -incluida la actividad mental subconsciente- brotará cualquier cosa que digamos o hagamos. Por este motivo es tan importante poner en marcha y mantener una práctica cotidiana de meditación: No para relajarse unos minutos, no para limitarse a contemplar el “aquí y ahora” sin más, sino para establecer el hábito de observar nuestra propia mente, fijarnos en cómo se comporta, reconocer si cada uno de esos pensamientos nos acarrea frutas de dulce sabor o bayas venenosas. Sólo observando de este modo, sólo practicando de esta forma, podremos estar seguros de estar haciendo una auténtica meditación, y por medio de esa práctica meditativa, decidir si hacemos crecer un cactus, un rosal cuya gran belleza esconde un gran dolor, o una gran cosecha con la que alimentar al mundo entero.

No te pierdas los próximos talleres de meditación haciendo click aquí.

Anuncios

¿Namas… qué?

Acabo de verlo. Uno de tantos.  No es indignación, no es ofensa, no es molestia, no es… Supongo que es sorpresa. Cierto desconcierto, valga la rima, por más que sea algo cotidiano.

Me refiero a personas que Sigue leyendo “¿Namas… qué?”

Enganchados a la discriminación

“Lo que pasa habitualmente es que tan pronto como vemos u oímos algo, sentimos que nos llama la atención. Caemos en el truco de esa forma visible que vemos y sentimos que debemos involucrarnos en discriminar aquello que es.

“Así que estamos muy ocupados pegándole etiquetas de valores y encasillándolo. Si es un sonido, inmediatamente pensamos: “Tengo que escuchar eso…”

“Nos atrapan una y otra vez, enganchados a discriminar entre si nos gusta la sensación o no, entre si lo aceptamos o lo rechazamos. Ese proceso mismo es como se genera el karma; ahí mismo.

“De eso es de lo que intentamos salir por medio del adiestramiento meditativo”.

-Tsoknyi Rimpoché.

Meditación para matar

Desde que empecé a organizar estos talleres de meditación me he cruzado con muchas experiencias, la inmensísima mayoría muy positivas, pero a lo largo del tiempo ha surgido con cierta frecuencia -no mucha, pero sí de forma continuada a lo largo de estos años y por parte de distintas personas- una cuestión:

“Yo es que pensaba que íbamos a hacer más meditación”
(…y menos bla bla bla)

No sé cómo surgió aquello de “¡Me alegra que me hagas esa pregunta!”, pero reconozco que cada vez que alguien sale con eso, lo veo como una oportunidad de oro que tengo que aprovechar. Por eso, mi respuesta es siempre la misma, o muy parecida, y consta de varios puntos:

  1. Si uno de los ingredientes fundamentales para que la meditación sirva de algo es la práctica cotidiana, es comprensible que en un taller que se celebra una vez al mes según el sitio, haremos algo más que pasar tres horas (o más) sentados, inmóviles y en silencio. La idea no es limitarse a hacer meditación una vez al mes, o dos o tres veces al mes, sino generar la motivación para establecer una práctica meditativa diaria y que llegue a integrarse con nuestra vida cotidiana, convirtiéndose en un hábito como ducharse, sentarse a comer o pasar la fregona.

    Pero el hábito no se establece si no existe la práctica, y no se practica si no hay una motivación, y no puede surgir la motivación sin el elemento previo:

  2. Comprender qué significa realmente hacer meditación. Al menos esa es mi motivación personal para ponerme a cacarear durante tanto rato ante un grupo de personas. A menudo me doy cuenta -porque me lo hayan podido decir abiertamente pero también observando su lenguaje corporal- de que cuando alguna persona parece más interesada en sentarse y cerrar los ojos que en mostrar de buena gana un interés por la parte teórica, es porque no ha entendido en qué consiste verdaderamente la meditación. Forma parte del mismo círculo vicioso: Si no se presta atención a la teoría, no es posible enterarse de qué dice esa teoría, y si no sabemos cuál es la teoría tras la práctica de la meditación, por más que nos sentemos horas y horas manteniendo una postura perfecta y alcanzando una concentración absolutamente libre de distracciones… estaremos practicando concentración, atención, mindfulness si quiere llamarse así… pero no meditación. No meditación budista tibetana.

    No será Dharma, tal y como parafrasea mi admirado Alan Wallace en el vídeo de arriba a Su Santidad el Dalai Lama, y que fundamenta el tercer punto de mi respuesta:

  3. No se trata de ninguna cuestión filosófica ni religiosa ni espiritual: Lo que resulta tan beneficioso de la práctica meditativa es precisamente que se trate de Dharma. Los propios talleres en sí tienen como razón de ser hacer lo que buenamente esté en mi mano por explicar a otras personas, budistas o no, al menos una parte de lo que haya podido aprender de los maestros (volvemos con la teoría) y de mi experiencia personal como estudiante / practicante budista tibetano (y que no deja de ser una verificación de esa teoría de base). Por eso me gusta compartir lo que este gran meditador explica en el vídeo -grabado además en Bodhgaya, India, a pocos metros del sitio exacto en el que el Buda alcanzó el Nirvana: ¿Concentrarse? ¿Sentarse a cerrar los ojos? Esas cosas podemos hacerlas para relajarnos, para dormir, para optimizar la forma en que funciona nuestra empresa, para optimizar nuestros métodos de estudio, para pintar con más precisión, para matar de forma más efectiva…

Pero falta lo más importante, que es el poder de la práctica meditativa a la hora de cumplir con su propósito último: Adiestrar la mente en pos de acercarnos -y eventualmente sumergirnos- en la extinción total y definitiva de todo sufrimiento. Entre tanto, podremos mejorar nuestra atención o nuestra concentración o incluso nuestro análisis mental sobre cómo producir más y más rápido, ampliar nuestros círculos sociales o incluso matar con mayor precisión. Pero estaremos dejando de lado la auténtica razón de ser de la meditación tibetana: Ser felices.

“La extinción total y definitiva de todo sufrimiento”. Suena rimbombante, ¿verdad? Utópico. Irreal. Imposible. Sorprendente. Increíble. Es normal: No tenemos por costumbre prestar atención a las razones por las que esa extinción puede ser una realidad.

Observa: ¿Por qué se supone que lo hago? ¿Para qué? ¿Qué pretendo? ¿Qué descubro? ¿Qué aprendo?

Al final, acaba resultando que para hacer meditación, sentarse en silencio es casi lo de menos…

Meditación infantil: Cinco minutos de ejemplo a seguir

Este vídeo es de una clase de meditación para niños en Tailandia. También los niños que hace unas semanas se quedaron atrapados en una cueva en ese país aplacaron sus miedos haciendo meditación. En Estados Unidos, Canadá, Reino Unido o Australia están empezando a introducir la meditación en las escuelas y están comprobando cómo hay menos casos de acoso escolar, menos violencia y actos violentos en áreas conflictivas, mejor rendimiento escolar, más creatividad, mejores relaciones e interacción entre niños y niñas, fomento de valores como el respeto, la compasión, el altruismo… El Dalai Lama afirmó hace no mucho que, si se enseñase meditación a todos los niños de ocho años del mundo, todos los conflictos del planeta desaparecerían de una generación para otra.

Y habrá a quien este vídeo le parezca aberrante. Que es manipular a los pobres niños. Que tendrían que estar jugando o estudiando. Habrá quien opine que la religión es una basura, que ya basta de lavarle el cerebro a la gente, que todos son unos mafiosos que están ahí para ganar dinero a costa de los pobres, y a saber lo que le estarán haciendo a esos mismos niños cuando las cámaras no están grabando. Como si todas las religiones fuesen iguales. Como si todo aquél que cambia la cola del supermercado, las vacaciones en la playa y los programas de televisión por una vida dedicada a la contemplación y al estudio tuviera necesariamente que ser pedófilos encubiertos y reprimidos morbosos. Como si todos los textos considerados sagrados dijesen por igual que hay que cortar manos, dar latigazos o condenar al destierro a quien nos ofende. Como si los profetas, santos, sabios y filósofos fueran todos sin excepción unos esquizofrénicos ególatras.

Estos niños no están haciendo ninguna abominación, ni los monjes que les enseñan están cometiendo ningún crimen. De hecho, están haciendo lo que todos deberíamos hacer de forma rutinaria: Tomarnos aunque sólo sea unos pocos minutos al día a sentarnos en silencio, tomar consciencia de algo tan simple pero cotidianamente tan remoto como es estar “aquí y ahora”. Apagar durante cinco minutos esa canción que tenemos en la cabeza desde hace tantas horas. Reflexionar si realmente me he portado bien con mi amiga. Valorar hasta dónde me ha traído no ir al sitio donde necesitaba ir, sólo por temor a encontrame ese alguien que me hace sentir incómodo. Reflexionar si mi familia está contenta conmigo. Si mi novia considera que soy una buena persona. Contar cuántas veces me he enfadado esta semana, y repasar si esos enfados han solucionado los problemas que hicieron que me enfadase. ¿Deja la vecina de hablar a voces por la noche, o tiene más cuidado de no dar golpetazos con la aspiradora contra mi pared cada vez que farfullo para mis adentros lo imbécil que es? Si me muriese ahora mismo y tuviera un momento para echar la vista atrás, supongo que haber salido de marcha con las amigas siempre que tuve ocasión no era tan importantísimo como para repetirle a mi madre de malas formas que dejase de agobiarme y que me diese dinero, dejándola los sábados a medianoche sola con su tele, su soledad y sus compresas porque los dolores de la fibromialgia no la dejaban ni levantarse a tiempo para llegar al baño. Si me muriese ahora mismo y me sintiese satisfecho con mi vida, ¿sería por haber hecho todo lo que he querido, o por lo felices que se sentían los demás a mi alrededor? Y si no estuviese satisfecho… eh, despierta: ¿qué esperas para cambiarlo?

Cinco minutos aunque sea, para proponerme mirar hoy el mundo como si fuese un sueño, sin que me ofendan ni molesten ni impacienten ni preocupen ni indignen ni depriman todas esas mismas cosas de siempre. Cinco minutos para comprobar que tengo el móvil ahí delante y no me da ningún infarto por no comprobar cada diez segundos si ha cambiado algo en Facebook o si me ha llegado algún mensaje. Cinco minutos para alegrarme por estar vivo. Cinco minutos para intentar rememorar quiénes y de qué manera se han podido sentir mal por algo que yo haya dicho o hecho últimamente. Cinco minutos para darme cuenta de cómo pretendo que cambien los políticos, cuánto asco me dan los líderes religiosos o todas las cosas que haría si me tocara la lotería… pero cómo al mismo tiempo soy tan ridículamente patético de tener pánico de acercarme siquiera a los límites de mi zona de confort. Esa misma zona de confort que le dice a tu ego: “Ni se te ocurra hacer esa payasada de sentarte cinco minutos al día, serenarte tranquilamente y echar un vistazo a ver si eres realmente feliz”.

Dedicamos buena parte de nuestro día a día a hablarle a alguien sobre otro alguien a sus espaldas. A mirarle el escote a la vecina al otro lado del patio. A esperar pacientemente a que nuestro cerebro decida que es buen momento para despertarse. A disfrutar enormemente consumiendo alimentos que nos envenenan, defender nuestro sagrado derecho a intoxicarnos inhalando el humo de químicos tóxicos quemándose entre los labios, pasando un buen rato de mal humor con alguien porque no alcanzamos a entender ni reconocer ni aceptar que tal vez él sí tiene la razón…

Se nos pasa… no ya cinco minutos, ni cinco horas, ni cinco días… sino la vida entera mirándonos al espejo, sin vernos. Sólo vemos cómo tengo el pelo, cuántas arrugas nuevas han aparecido o qué filtro de Instagram convierte mis morritos en una farsa más satisfactoria. Nos miramos al espejo y no nos vemos. Nos miramos el ombligo y no vemos la barriga vacía de los demás. Comprobamos lo bien colocadas que están nuestras tetas sin comprobar si tras ellas hay un corazón amable y cariñoso. Contamos cuántas personas diferentes hemos besado este verano, sin recordar la última vez que abrazamos a nuestro padre. Compartimos vídeos de cachorritos adorables mientras le damos un guantazo a nuestro chucho por mearse donde no debía. Disimulas que tu sobrino te parece un maldito cafre gritón maleducado sin saber que no se le ocurre otra manera de llamarte la atención para que te dignes a jugar con él alguna vez. Pero jamás te mirarás al espejo para mirarte y reconocer que ni siempre tienes la razón ni tienes por qué tenerla. Para comprobar que tu cara refleja enfado, insatisfacción, tristeza, cansancio, aburrimiento, orgullo… Porque no tienes cinco minutos cada mañana. No caben en tu sacrosanta zona de confort. No quieres que esos cinco minutos para mirarte en el espejo entren ahí dentro. Estás demasiado ocupado pretendiendo disimular mientras cuentas rápido si te llegan las monedas para comprarte unos donuts luego, guardar la cartera y salir del vagón de metro antes de que se te acerque más ese mendigo. Demasiado ocupado rezando de la forma más lamentable por que se cierre ya la puerta del ascensor con tal de no compartirlo con otro ser humano. Demasiado ocupado pensado lo capullo que es tu vecino por no dignarse ni en saludar cuando os cruzáis. Demasiado ocupado como para que se te ocurra saludarle tú a él…

Y cuando vemos por internet un vídeo de unos niños sentados, extraordinariamente callados, sin gritarse, sin darse zarpazos a cambio de muñecos, sin gritar a pleno pulmón esa palabrota que no dirías en público ni tú porque no les han pasado el balón a tiempo, sin tocar todo lo que no es suyo, sin pretender desafiar tu autoridad de adulto, sin dar patadas en la espinilla a nadie, sin jugar a quemar hormigas, sin responder “no me da la gana”, sin llorar porque les han castigado sin tablet… trabajando de forma activa para ser cada vez personas más cariñosas, más tranquilas, más compasivas, más pacientes, más contentas con aquello que la vida les ofrezca, más conscientes de su entorno, más creativos, más educados, más alegres, más altruistas… y resulta que es una payasada. Que a los religiosos se les tendría que caer la cara de vergüenza por llenarles la cabeza de tonterías cuando deberían estar por ahí gritando palabrotas, aprendiéndose de memoria todo lo que tenga que ver con Cristiano Ronaldo y cachondeándose de ese niño que tiene un sacapuntas rosa o de esa niña gordita con gafas.

No se trata de adoctrinamiento religioso porque, de hecho, no se trata de religión. Lo que enseñó el Buda y lo que se sigue estudiando y practicando 2.600 años después no es una nueva doctrina, ni una revelación divina, ni un libro sagrado de orígenes inciertos, sino el Dharma. El Dharma no es simplemente “la enseñanza de Buda”, ni es algo que inventase ni descubriese él, ni ningún estudioso, ni ningún teólogo, ni santo, ni chamán, ni místico, ni yogui… El Buda se limitó a observar de forma imparcial, libre de engaños, libre de exageraciones, libre de suposiciones, libre de desconocimiento… la realidad última de ese Dharma que no es otra cosa que ese orden natural de las cosas, de ese mundo en el que todos vivimos.

Comprobó que algo fallaba entre ese orden natural de las cosas y el hecho de que algo falla si todo consiste en nacer, enfermar, dormir, envejecer, morir, trabajar, procrastinar, apresurarse, desengañarse, encapricharse, entristecerse, aburrirse, enfadarse, envidiar, pretender, mentir, robar, matar, cotillear, violar, exagerar, manipular, disimular… y alcanzando por medio de la meditación una visión absolutamente clara de la realidad de todo cuanto existe, reconoció, contempló y explicó que la totalidad de los sufrimientos surgen de la ignorancia, que conduce al deseo, que conduce al rechazo, que conduce al desencanto, que conduce al asco, a la rabia, a la guerra, al racismo, al exterminio, al machismo, a la explotación, al suicidio, al rencor, al fundamentalismo, al hastío en un ciclo absurdo, sin sentido, insoportable y aparentemente interminable.

Nadie antes lo había visto, y si alguien lo había visto, no lo había compartido ni explicado a los demás. El Buda nos hizo pensar en todas esas cosas que no nos gustan, que nos asquean, que nos confunden, que nos deprimen, que nos hartan… porque hasta entonces, la propia ignorancia que nos hace experimentar todas esas cosas también se había encargado de hacernos creer que en realidad no lo estábamos pasando mal. Y el Buda explicó que efectivamente, el sufrimiento está ahí. Y que no está ahí por las buenas, por azar o por mala suerte o por capricho de ningún supuesto ser supremo y paradógicamente desalmado, sino porque hay causas latentes y circunstancias que hacen que esos sufrimientos aparezcan. Y dijo que esas causas no son otra cosa que sentirnos disgustados por todas las satisfacciones personales que no alcanzamos, y que nunca hubiesen aparecido de no ser por una ignorancia que nos jura por todos sus muertos que cuantas más deseos satisfechos, más felices seremos. Y nos lo creemos. Y repetimos. Y volvemos a tropezar. Y volvemos a molestarnos, a indignarnos, a ofendernos cuando algún payaso nos viene con eso de que el principio del fin de todas nuestros problemas está en dedicar cinco minutos a la serenidad, la calma mental y la introspección.

No tenemos cinco minutos. No queremos tenerlos. Estamos demasiado ocupados negando tener cinco minutos.

Nuevo taller regular en Vallecas

vittayoga-fachada

Tengo una buena noticia: Tras la acogida tan maravillosa que tuvo el taller de introducción en VittaYoga (Vallecas) en mayo, el centro ha considerado que sería buena idea acoger un taller todos los meses, sumándose a la agenda de talleres regulares, junto con Alcorcón (¡desde hace ya tres años!) y Aluche.

Toma nota:

Fechas: Tercer domingo de cada mes, a partir de octubre de 2018. ¡OJO! De forma excepcional, este primer mes el taller de Vallecas no será el domingo 21, sino el domingo 28.

Horario: 10:30 a 13:30 h.
Dónde: VittaYoga (C/ Pico Chilegua, 7. 28031 Madrid)
Cómo llegar: Metro Congosto.
Aportación: 10 €.

Evento en Facebook: www.facebook.com/events/2080810898659223

Temática del día: Este taller estará dedicado casi exclusivamente a la práctica, con aproximadamente tres horas de meditaciones, todas ellas guiadas y basadas directamente en la sabiduría budista tibetana, sin necesidad de experiencia ni de adoptar creencia alguna.

Aunque podría haber algún pequeño cambio, las meditaciones que haremos serán:

-Sesión breve de relajación.
-Nejang Yoga: Respiración de Nueve Ciclos.

-Shamatha (shiné): Meditación sobre la respiración.
-Vipashyana (lagtong): Cuerpo burdo.

-Las Cuatro Nobles Verdades.
-El Noble Óctuple Sendero.

(Pausa para comentarios, preguntas, consejos…)

-Los Tres Venenos.
-Los Tres Tipos de Sufrimiento.
-Las Seis Perfecciones.

(Pausa para comentarios, preguntas, consejos…)

-Tonglen.
-Dedicación de méritos.

¿Te interesa? ¿Tienes alguna duda? ¿Vienes con alguien más? ¿No sabes qué traer? No tengas reparo en contactar ya mismo. Es IMPRESCINDIBLE confirmar asistencia con antelación (en ese mismo enlace de contacto).

Novedad: El curso intensivo de verano, también en sesiones sueltas

Este verano no hay talleres regulares, pero sabiendo que algunas personas es precisamente durante estas fechas cuando tienen más tiempo de hacer cursos, talleres, retiros, etc. he pensado que podría ser interesante organizar algo fuera de agenda para llenar ese hueco. Así es como ha surgido este curso intensivo de verano.

Tomad nota:

-Cuándo:

Viernes 20, sábado 21 y domingo 22 de Julio 2018. De 11 a 14 y de 16 a 19 h.

-Dónde:

Yogael: C/ Ocaña, 112 Posterior. Aluche (Madrid). Por detrás del restaurante Pikondo. Metro más cercano: Eugenia de Montijo. Renfe más cercana: Aluche.

-¿Se requiere experiencia, ser ya budista o hacerse budista durante el curso?

No, en absoluto. El proselitismo no está bien visto en el budismo. El curso va dirigido a personas que tengan cierto interés por conocer los beneficios de la meditación y la sabiduría budistas tibetanas, y muy especialmente a quienes ya contemplan la posibilidad de introducirse al budismo pero buscan orientación básica como principiantes.

-Contenido del curso (Esquema general orientativo. Todas las sesiones incluirán meditaciones y tiempo para preguntas y respuestas):

Viernes: Introducción al budismo. ¿Religión o ciencia? Conceptos y enseñanzas básicas. Vehículos y corrientes filosóficas. Introducción a la meditación.

Sábado: Textos, enseñanzas y otros pilares esenciales. Escuelas tibetanas. Tradición del Dalai Lama. Karma y reencarnación. Mito y realidad del Tantra. El camino del mantra. Votos, preceptos y compromisos. Ser budista en occidente.

Domingo: Meditación cotidiana. Aspectos prácticos, consejos, recomendaciones… Budismo en el día a día. Budismo para no budistas. Y más.

¿Tengo que llevar algo?

-Cojín de meditación (Si no tienes, no te preocupes).

-Papel y boli para tomar notas.

-Ropa fresca y ligera (NO ajustada).

-Opcional: Agua fría, abanico, etc. Si eres practicante budista, no es imprescindible llevar el mala, pero se recomienda.

-Comeremos juntos a mediodía?

Será opcional. Se están estudiando distintas posibilidades.

-Aportación:

Tres días completos: 60 €

Un día mañana y tarde: 25 €.

NOVEDAD: Sesión suelta: 15 €

-¿Cómo me puedo apuntar?

Como siempre, en el formulario de reservas:

http://www.meditaciontibetana.wordpress.com/contacto-reserva

Selecciona reservar plaza en un taller y a continuación indica que irás al curso. En el apartado “¿Algo más?” explica si irás al curso entero, o sólo a ciertos días o sesiones.

-Difunde el evento en Facebook:

https://www.facebook.com/events/341254673077326/?ti=icl

-¿Alguna duda? MedTibMadSur@gmail.com