¿Pero por qué me pasa esto a mí?

En pocas (muy pocas, poquísimas) palabras, la ley natural de causa y efecto -más conocida como karma, “acción” en sánscrito- consiste en que, siempre que llevamos a cabo cualquier actividad con nuestra mente, con nuestras palabras y/o con nuestro cuerpo, estamos creando causas específicas. Estamos dejando caer semillas. Toda semilla dará fruto tarde o temprano, a la espera de que coincidan las condiciones necesarias. Y a su vez, todo cuanto nos ocurre, sea bueno, malo o incluso neutro, nos pasa porque en algún momento del pasado -sin importar que no lo supiéramos entonces ni que no nos acordemos ahora- dejamos caer distintas semillas y en cuanto se dan las circunstancias necesarias, el resultado aparece.

Dos de las características básicas de la ley de causa y efecto es que…

1) el resultado es siempre de la misma naturaleza que su causa. Es decir: Si tenemos un comportamiento movido por una motivación negativa, como por ejemplo hacer uso de cosas que no nos pertenecen, en el futuro experimentaremos problemas como que nos falten cosas, conseguir objetos materiales pero perderlos, pasarlo mal por no tener recursos, etc. Y… (sigue tras el vídeo)

2) si cometemos una acción negativa, ya sea de mente, de palabra o con el cuerpo, y no hacemos nada por poner remedio a ese error, el potencial kármico se multiplica automáticamente a lo largo del tiempo. Es lo que solemos llamar  efecto dominó, o efecto bola de nieve: Si metes la pata y te limitas a dejarlo estar, el problema será cada vez más grave y sus consecuencias más desagradables: No es lo mismo insultar a una persona y dejar pasar el tiempo como si nada, que insultar a esa persona pero disculparse y hacer lo posible por revertir el daño causado.

Por no hablar de que la mente se familiariza con aquellas acciones en las que se involucra: Si nunca se nos pasa por la cabeza inventarnos pequeñas excusas, será menos probable que digamos mentiras, y eso significa que será difícil que acabemos engañando o estafando a nadie. Por el contrario, si uno tiene pensamientos relacionados con matar, habrá más tendencia a que en algún momento pueda amenazar a alguien de muerte o defender su derecho a matar a un animal, y el peligro de que pueda acabar matando será real. Más aún: Si alguien ya ha matado alguna vez, le resultará cada vez más fácil matar más. Lo mismo ocurre con robar, mentir, abusar sexualmente o consumir drogas: Una vez se establece la pauta, la mente tiene tendencia a seguir la corriente de la costumbre. Cuantos más errores cometemos, no sólo más consecuencias negativas viviremos en el futuro… sino que además, más se habrá multiplicado el resultado potencial de cada uno de esos errores, exactamente igual a una semilla muy pequeña de la que surge un árbol enorme repleto de ramas, cargadas de frutas que guardan en su interior un número inmenso de semillas semejantes y que tarde o temprano, también germinarán, crecerán y madurarán.

Es por esto que es tan importante ser conscientes de nuestros actos, y antes que de nuestros actos, de nuestras palabras, y antes que de nuestras palabras, de nuestros pensamientos. Porque de los pensamientos -incluida la actividad mental subconsciente- brotará cualquier cosa que digamos o hagamos. Por este motivo es tan importante poner en marcha y mantener una práctica cotidiana de meditación: No para relajarse unos minutos, no para limitarse a contemplar el “aquí y ahora” sin más, sino para establecer el hábito de observar nuestra propia mente, fijarnos en cómo se comporta, reconocer si cada uno de esos pensamientos nos acarrea frutas de dulce sabor o bayas venenosas. Sólo observando de este modo, sólo practicando de esta forma, podremos estar seguros de estar haciendo una auténtica meditación, y por medio de esa práctica meditativa, decidir si hacemos crecer un cactus, un rosal cuya gran belleza esconde un gran dolor, o una gran cosecha con la que alimentar al mundo entero.

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